Capricho Nº3.
 

Buenos Aires no es una ciudad para la melancolía. Perdónenme los de alma de bandoneón, pero el tango se equivocó al fijar su domicilio entre sus calles. Buenos Aires es naranja como la euforia, insólita, insoportablemente sincera y sus espacios verdes no son verdes, son azules. Buenos Aires es ciudad para correr, para ponerse el trajecito ajustado de superhéroe y rajar hasta la punta de los edificios y tirarse un clavado. A Buenos Aires no le gustan los tristes, ni los pobres, ni los feos, ni nadie. Buenos Aires se gusta ella solita. Autosuficiente. Bonita. Poderosa. Ni toda el hambre del mundo le hace mover un pelo, ella es así, jamás la ví con el maquillaje corrido. Jamás la ví llorar. Nunca me contestó una llamada.


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Hay cosas que se saben inevitablemente. Hay cosas que uno sabe sin saber por qué. Cosas lejanas como que el hijo de Eric Clapton se cayó de un balcón y que para él escribió Tears in heaven. ¿Por qué sabemos esas cosas dolorosamente ajenas que ni siquiera nos importan? ¿Qué sabrán los demás de nosotros? ¿Hasta dónde viaja la voz que lleva las noticias del mundo?¿Qué nos estamos perdiendo?. Hay cosas que se saben inevitablemente. Sabiduría popular que el mundo te regala porque sí. Literatura vital para armar el libro de la incertidumbre. ¿Cuánto de lo que aprendemos nos sirve para ser felices?¿Y si no nos sirve por qué lo aprendemos?¿Cuánto de lo que enseñan en la escuela se puede comparar al cariño?¿A qué se puede equivaler la sabiduría?¿Contra quiénes pelearán los cultos? ¿Son infelices los analfabetos?¿De qué nos perdemos por no leer a Borges?¿De qué nos perdemos por no leer a Rimbaud? ¿Y si el chino que vende la verdura escribe los mejores versos del mundo y los guarda en una cajita en su placard? ¿Alguien los encontrará cuando se muera? ¿O nos perderemos los mejores versos del mundo? No es justo tampoco el arte en la proliferación de su belleza. Le deja las manos vacías a mucha gente. Pero hay cosas que se saben sin proponerse, hay verdades que se suponen y mentiras que se descubren. No nos interesa el por qué de la lluvia, ni cuánto dura la rotación de la tierra pero la vecina cuenta cuentos maravillosos y todos los chicos del barrio se ríen cuando la escuchan, y hasta algunos lloran. La vecina nunca en su vida leyó a Baudelaire y no sabe el porqué de los nombres de ninguna calle.

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Cecilia Rossi. Nació en 1983 en Entre Ríos, adonde piensa regresar alguna vez a quedarse. Está terminando el profesorado en Letras en Instiuto de Enseñanza Superior Alicia Moreau de Justo. Escribe desde que recuerda que escribe. Y eso la hace feliz. Vive en Congreso, y adora las mandarinas.